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Y ahora...¿qué?

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Y ahora...¿qué?

        Cuenta Susana Lares que el título de su libro se originó a partir de una anécdota personal, una de las tantas vividas a lo largo de su carrera docente. La frase en cuestión en realidad cierra el cuento "Apocalypse after day", que cierta vez fue publicado en la edición de domingo de un diario local. Un ex-alumno de Susana, que había leído la publicación del texto, asomando su cabeza dentro del aula donde ella estaba dando clase, le dijo simplemente, a modo de comentario cómplice: "Profe, y ahora... ¿qué?", y se fue.
       La frase terminó dando nombre al libro porque, entre otras cosas, permite expresar ese rasgo de aparente inconclusión que suele definir a uno de los géneros narrativos abordados por la autora: el microrrelato. Es que su brevedad, la síntesis extrema, la elipsis marcada, hacen que aun los relatos con una estructura más tradicional, cerrada, dejen una sensación de algo que terminó demasiado pronto, de algo que podría continuar. El lector es inducido a preguntarse "y ahora...¿qué?" y a realizar una operación retrospectiva o prospectiva, el lector se ve compelido ya sea a completar la narración de final abierto, o a releerla para recuperar alguna clave perdida o simplemente experimentar de otra manera los mecanismos del relato, no por breve menos elaborado. Para mejor, esta sensación de inconclusión se acentúa en una serie de cuentos como esta o cualquier otra antología, porque cada pieza incluida se piensa como integrante de un todo coherente, que el lector habrá de elaborar conscientemente o no.
       En Santiago del Estero hay varios cultores del microrrelato, pero cultores en el estricto sentido de la palabra, que llegaron a publicar sus propios libros con un lugar privilegiado para el género, como Antonio Cruz con sus "Relatos mínimos" o Adriana del Vitto con su "Sexto sentido" (por mencionar a dos que visitaron El Unicornio).
       Como bien suele señalarse al tratar de historiar un género que parece tan nuevo, el microrrelato (también llamado minificción, microcuento, cuento hiperbreve, entre otras denominaciones) tiene antecedentes lejanos en los modernistas Rubén Darío o Leopoldo Lugones, en los vanguardistas, en las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, en Borges, y aun hay quienes incluyen los casos más remotos de las parábolas bíblicas o los orientales haikus, a los cuales podríamos agregar los romances viejos españoles (¡¿cómo olvidarse de la notable, y en gran medida curiosa, síntesis de "El prisionero"?!). Lo que es nuevo es el reconocimiento que ha alcanzado recientemente, merced al lugar concedido por revistas literarias, espacios académicos diversos, congresos, concursos, antologías especializadas; una legitimación institucional, en suma, que ha permitido que el "fenómeno" salga de su invisibilidad y marginalidad, y hasta se logre una mejor delimitación de su campo.(1) Más allá de la mayor o menor pertinencia de aquellos antecedentes señalados, lo cierto es que recién en estas últimas décadas el microrrelato ha experimentado un verdadero bum, como si recién hubiese encontrado el terreno fértil para desarrollarse. Cabría quizá preguntarse por qué. Acaso lo ayudó el prestigio resultante de todo su proceso evolutivo, que permitió a los escritores abordarlo sin temor a ser menospreciados por dedicarse a un “género menor" o por estar manifestando una presunta pereza creativa. Acaso podría tomarse este auge como una forma de adaptación de la literatura, tal como si de un especimen darwiniano se tratara, una forma de asegurarse la subsistencia frente a la competencia de la televisión (leer un libro como el de Susana, con su variedad de registros narrativos, es casi como hacer zaping, rehuyendo al aburrimiento de un solo canal) o de internet o el celular u otros dispositivos tecnológicos nuevos, en los que siempre ha de tener mayor éxito el texto breve, la imagen, el clip, y todo lo que tenga una posibilidad más sencilla de circulación. Acaso el microrrelato fue "rescatado" por el espíritu propio de la posmodernidad, que lo toma como un medio expresivo casi ideal, acaso es un simple signo de estos tiempos, con su tendencia a la inmediatez, al consumo rápido. Es que narrar en este formato es un narrar "sin protocolos", como diría Susana. O quizás debamos decir que no es que se narre sin protocolos, sino que estos no se hacen explícitos en el texto mismo, se ocultan; lo cual es otra de las marcas del microrrelato: esta cuestión de completarse necesariamente en lo extratextual.(2) No por casualidad "Sin protocolos" es el título de uno de los textos del libro de Susana, donde se hace una revisión de "La Cencienta", pero sin las complicaciones de su trama. Aquí la historia se des-nuda, es decir, pierde su nudo, no hay tensión, hay en cambio cierto apunte crítico no exento de ironía hacia algunos rasgos actuales de la cultura que harían imposible una actualización de este cuento infantil, y hacia la estructura del relato (y aun la verosimilitud interna), que extrema los desvíos de la trama hasta desembocar en un final feliz que bien podría haberse logrado de una manera inmediata, con la sola intervención de la magia de la que hace gala el hada madrina.


             SIN PROTOCOLOS
             La esperaba un conciliábulo urgente donde se trataría la supresión de diferencias y discriminaciones.
             Entonces el hada madrina decidió obviar lo del traje y peinado suntuosos, lo del carruaje y zapatito de      cristal...
             Y directamente unió en matrimonio a la Cenicienta y el príncipe.


       Se suele señalar como otro de sus rasgos, la búsqueda de la sorpresa. En realidad esto podría interpretarse no como un mero deseo del escritor de mostrarse como ingenioso (aunque probablemente algo de esto haya también) o de involucrar al lector en una propuesta lúdica, sino como el resultado de una manera diferente de mirar.(3) El escritor de microrrelatos mira lo conocido como si fuera nuevo, busca "redescubrir" las cosas. Por eso no es extraño que haya un permanente ejercicio de relectura de textos. Este espíritu revisionista es causa y consecuencia a la vez de estos relatos, los define. La propia Susana lo hace en su libro; aunque, es necesario aclararlo, no sólo en los microrrelatos sino también en los cuentos breves; ella relee fábulas y mitos ("Fábula", "El canto de Ulises", "Las veleidades del amor", "El escape", "Siesta santiagueña"), la Biblia ("Diciembre", "Como Moisés", "Frutos prohibidos"), cuentos infantiles ("Una fiesta privada", "El mar", "Pinocho"), el romance (aludido y estilizado en "Romance libresco"), pero también relee otras artes (el moisés de Miguel Ángel en "¡Habla!" o la Mona Lisa en "El regreso"), rasgos culturales universales ("El poder de la superstición", "El tesoro") y americanos ("Haciendo historia", "Piedra viva", "La apacheta", "Hombre/árbol") e incluso su propia historia (su familia aparece en "Nostalgia", su profesión docente, en "¿Qué?" "La clase").(4)
       La brevedad, la necesaria economía de recursos que hace que se prescinda de descripciones y caracterizaciones, dota al relato de un grado de generalización, que habilita una lectura de tipo alegórico o simbólico. Así, la mayoría de los textos de Susana Lares evitan los nombres propios y sus personajes son referidos como "la muchacha", "el hombre", "los chicos", "el indio", "el artista", "él", "ella".
       Párrafo aparte merece toda esta cuestión de la definición del género y sus características. La arbitrariedad y el carácter sentencioso de que hacen gala ciertos críticos, llegan a hacer pensar hasta en una suerte de lucha de poder en la que cada uno quiere tener la última palabra, apropiarse (¡adueñarse!) del objeto de estudio, manejarlo como si se tratara de un territorio a conquistar y donde se ha de clavar la bandera que acredite propiedad. Caer, por ejemplo, en el extremo de contar la cantidad de palabras, renglones o páginas parece una superficialidad e ingenuidad en el análisis de una obra literaria como ésta que nos ocupa. Intento de relativa validez el definir el microrrelato, enumerar sus características, y más aún presentar dichas características a modo de pautas o requisitos para que un texto pueda encuadrarse dentro del género, porque esto que hemos elegido llamar microrrelato tiene una flexibilidad propia de la literatura actual, que hace que cuestione la noción misma de género. En este sentido, habría que pensar como una contradicción la legitimación, la canonización; y éstas hasta podrían ser vistas como síntomas de agotamiento o al menos como un paradójico intento por encorsetar una forma expresiva que presuntamente nació con espíritu rebelde y cuestionador.
       Como comentario final, hay que destacar que los "cuentos breves" que incluye Susana en su antología, participan en gran medida de los rasgos mencionados anteriormente en una caracterización aproximada del microrrelato: la sensación de inconclusión, la elisión de elementos, la referencia a lo extratextual, lo intertextual, la relectura, la búsqueda de una perspectiva diferente, la generalización. Lo cual nos habla de una coherencia en la escritura, independientemente del formato elegido para narrar.
       De entre todos las piezas que integran "Y ahora...¿qué?", nos gustó particularmente "Mandatos de sangre", lo preparamos para difundirlo en la radio y lo presentamos a continuación, para que los seguidores de este blog tengan otra pequeña muestra del arte de Susana Lares.


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(1) En cuanto a la denominación más precisa para este género, el escritor e investigador cordobés David Lagmanovich, prefiere desechar el término "microtexto", que es demasiado amplio y trasciende lo puramente literario: "Si a todos los microtextos en prosa los llamamos microrrelatos, entramos en un campo de extendida confusión que nos impedirá definir adecuadamente las características del objeto de estudio. En cambio si entre los microtextos en prosa seleccionamos aquellos -que por otra parte parecen ser mayoría- en los que se cumplen los principios básicos de la narratividad -y a estos los llamamos microrrelatos, habremos dado un paso importante para delimitar la especie literaria a la que pertenecen, y estaremos en condiciones de describir un conjunto homogéneo de textos." ("Microrrelatos", en Buenos Aires-Tucumán: Cuadernos de norte y sur, 1999, pág.73)


(2) Laura Pollastri habla de "escritura insular no continente: El texto se sostiene en lo que está sumergido más que en lo que aparece en la superficie, una superficie mutante cuyos componentes se vigorizan y cambian con cada nueva aproximación." ("Desordenar la biblioteca: microrrelato y ciclo cuentístico" en Pablo Brescia y Evelia Romano -coordinadores-: El ojo en el caleidoscopio, pág.80)

(3) Con respecto a esto, podría hacerse una observación en el nivel de la técnica de la narración: La búsqueda casi permanente del efecto sorpresa se convierte en un problema en las antologías de microrrelatos, ya que esa recurrencia termina por predisponer al lector, lo pone en una suerte de estado de alerta y hace cada vez más difícil sorprenderlo. Lo cual, paradógicamente, a la vez debe agradecerse al microrrelato, si es que en su sustento ideológico realmente está el formar lectores que miren cada vez con mayor atención.

(4) Al respecto es significativo que Susana haya elegido un dibujo de Nelly Orieta (titulado "Cierta gente del NOA I") para la portada de la primera edición de su libro. En la pintura hay gente que mira y a la vez es mirada (por el narrador y por nosotros junto con él).

 

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Comentarios Y ahora...¿qué?

Excelente trabajo Heraldo. Te felicito por tu aporte a la cultura de Santiago y agradezco tu generosidad. Un abrazo.
Antonio Antonio 01/08/2010 a las 23:29
Excelente trabajo Heraldo. Te felicito por tu aporte a la cultura de Santiago y agradezco tu generosidad. Un abrazo.
Antonio Antonio 01/08/2010 a las 23:29
Muy interesante, amigo, tanto el análisis como los conceptos aportados. Hace que se difunda la creatividad local y motive a los lectores en general.
Leeré el libro de la autora recomendada. Saludos!! Extensivos a Rita!!
Pía Pía 02/08/2010 a las 00:26

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